5 sept 2011

Isidora con Carmencita

Hallábase al lado de él sin pronunciar palabra alguna. Sus ojos se miraban como queriendo abrazarse; en una complicidad tal que parecían dialogar sin razón. Entre el ir y venir de la gente, quiso contarle algo; sin embargo, no pudo. Quería hablarle, reírse, llorar, jugar con él. Pero no podía. Con qué excusa podría sacarle una palabra a ese ser que le es tan desconocido, pero a la vez tan cercano. Cómo hacer que algo más que sus ojos se fijaran en ella. Cómo buscar las caricias, los abrazos, los besos. Eran tan distintos, pero a la vez tan iguales, que la necesidad de recorrerlo, de sentirlo, de entrar en su historia carcomía su joven alma. No obstante, se hallaba tranquila. La taciturna mirada de ese ser le bastaba para ser feliz. Disfrutaba de su compañía, del calor, de la energía que le transmitía cuando se sentaba a su lado. De aquella fragancia que despertaba sus sentimientos más impuros. La misma que le hacía pensar y  hacer cosas que jamás imaginó. De pronto, ahí de pie, en el parque de Calle Isidora con Carmencita, su corazón adolescente no aguantó más: -¿Me amas?- Le preguntó. –Pensé que nunca lo ibas a decir- contestó.